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jueves, 23 de enero de 2025

LA GAMBETA O EL RECURSO DEL PÍCARO


Un rasgo frecuente en la narrativa literaria contemporánea es la aparición de la figura del antihéroe. Así se trate de obras de poca o larga extensión, los personajes incompatibles con un modelo de ejemplaridad tienen un lugar seguro en la fabulación de una ficción literaria. En este sentido, tomemos como ejemplo Puntero izquierdo, un pequeño cuento contenido en el libro de relatos Montevideanos de Mario Benedetti. En esta narración cabría emplear el apelativo de pícaro como modalidad del antihéroe. Esta delimitación se plantea por el contexto en el que se sitúa el cuento, una región marginal de la América hispánica. 

En este ambiente de precariedad nos encontramos con un personaje anónimo que habita la capital uruguaya, trabajador en una fábrica y jugador de fútbol. Debido a las mínimas condiciones económicas y sociales en que vive, el protagonista de Puntero izquierdo busca acomodarse a una mejor realidad recurriendo al fobal*. Para conseguir su propósito, un partido de final, en el que debe jugar erráticamente según un acuerdo efectuado con un directivo del equipo contrario, marcará el rumbo de la historia. El transcurso de una peripecia similar nos permite evocar Abril, en Río, en 1970*, un relato que tiene como protagonista a Zé, un jugador amateur* que busca deslumbrar a un cazatalentos que acude a un partido suyo para intentar cambiar de vida. Circunstancias precarias que definen una anécdota ligada a un partido de fútbol, pero en la que participan personajes de distinto talante. 

El relato ubicado en Brasil nos narra una situación agónica, el relato en Uruguay, no; en el primero hay una actuación franca, en el segundo hay contubernio entre el jugador y un directivo del equipo contrario. En tanto que la propia anécdota nos presenta que durante el partido decisivo, el extremo izquierdo rompe el pacto que lo obliga a jugar deficientemente, podemos entender que la historia del puntero versa sobre un pícaro. Un pillo que muestra habilidades para burlar a sus contrincantes en el terreno de juego ¿no se trata acaso de engañar al oponente, el mero hecho de emplear una gambeta?, pero que perderá los papeles en el momento crucial. La reprimenda del técnico, tras una jugada fallada a propósito por parte del protagonista, hará que nuestro pícaro se emplee a fondo para darle vuelta al insulto. Actitud que, por otro lado, las situaciones de la calle suelen requerir; ya que en ellas se recomienda siempre, el disponer del recurso más inmediato para salir lo mejor parado posible.

Sobre el final de la historia, podemos conocer cómo se descompone el pacto y la suerte del puntero izquierdo, no así la cama de hospital donde reposa. Esto lo sabemos desde el inicio del relato. Quién es el que nos cuenta la anécdota, lo tendremos que ir descubriendo línea a línea, pasando a través de ellas por giros y amagues, muy propios de un buen gambeteador. Sin embargo, el humor y la cualidad del acontecimiento nos inclinan a desearle al atacante montevideano, a pesar de sus pillerías, una pronta recuperación.  




Escrito por Carlos Ríos





*   Sinónimo de fútbol según el Diccionario Lunfardo.

*  Relato de Rubem Fonseca, publicado en 1975 en el libro Feliz Año Nuevo. Distan dieciséis años entre este cuento y el de Benedetti, que apareció en Montevideanos en 1959. 

*  Que trabaja como mensajero y juega fútbol en su tiempo libre, un aspecto compartido con el protagonista de Puntero Izquierdo, aunque la información del hispanohablante puede estar plagada de falsedades. 

lunes, 15 de julio de 2024

CUANDO EN EL JOGO BONITO SE MIRA A LA MONEDA Y NO AL BALÓN

Los amigos del comercio y la política suelen ir de la mano, con mayor o menor frecuencia. Esta alianza aparece como uno de los elementos del relato El juego del muerto, del escritor Rubem Fonseca. Una historia ambientada en la dictadura militar de Brasil que presenta a cuatro prósperos comerciantes que se dedican a incrementar su patrimonio a través de toda clase de apuestas. Ya sea mediante el juego de cartas, las carreras de autos y de caballos, los concursos de belleza o el fútbol; el grupo de comerciantes apuesta el dinero y el tiempo que poseen de sobra para entregarse al éxtasis de conseguir ganancias de manera aleatoria. Sin embargo, uno de ellos, Anísio, comenzará a perder de forma continua.

Exento el grupo de personajes de los apremios que implican la cobertura de las necesidades primordiales, su móvil principal es el lucro en las apuestas. Cualquier aspecto de la realidad que no esté relacionado con sus establecimientos comerciales o sus juegos, resulta irrelevante. En este tenor, debido a las pérdidas económicas que padece Anísio, es como nace “el juego del muerto”. El asunto consiste en especular cuál será el número de asesinatos que el Escuadrón de la Muerte realizará en un mes. Estas agrupaciones, surgidas en Iberoamérica durante las dictaduras del siglo XX, tenían como tarea principal el exterminio de la disidencia política. En principio, los intereses de uno y otro grupo se mantienen por distintos cauces.

El problema surge cuando Anísio, harto de ver cómo su suerte se eclipsa frente a la de sus compañeros, decide adulterar los resultados de su propio juego. Dueño de un bar en el que suele jugar a las cartas con los otros comerciantes, el alucinado propietario recurre a un cliente que se dice que es un miembro del Escuadrón de la Muerte. Dispuesto a lo que sea por dar vuelta a su situación, le pide al supuesto integrante la ejecución de una niña y de un comerciante, los improbables pronósticos a los que él ha apostado, a cambio de una remuneración. El asesino acepta y al preguntar si hay algún preferente en la lista, Anísio le da el nombre de Goncalves, uno de los colegas que participa en el juego del muerto.

El desenlace del relato no puede sino culminar en un acto de irónica violencia. Una funesta carcajada cierra la historia de un grupo de comerciantes que disponen de unas condiciones muy superiores a las que presentan otros personajes de la narrativa de Fonseca. Sin embargo, lejos de mostrar una mayor libertad para aprovechar los recursos con los que se cuentan, vemos que estos hombres de negocios se encuentran encadenados al ánimo especulativo y a la falta de ética que suele asociarse con dicho gremio. Siendo así el orden del relato, no importa que el Estado otorgue favores al comercio, en el juego del muerto no se deja intacto a ningún fuero.

 

 

 

            Escrito por Carlos Ríos

 

 

 


jueves, 23 de mayo de 2024

EL MANCO RODRÍGUEZ ¿UNO DE LOS PRIMEROS PENSADORES LITERARIOS DEL BALOMPIÉ MEXICANO?

La liga profesional del fútbol mexicano se estableció en 1943, torneo en el que comenzaron a competir equipos como Club España, Asturias, Atlante, América, Veracruz, Moctezuma, Atlas, Guadalajara, entre otros. La mayor parte de los clubes eran de la capital, por lo que las primeras ediciones de la competición se disputaron en el célebre estadio Parque Asturias. En esa década, debido a los conflictos bélicos suscitados principalmente en Europa, la Ciudad de México acogió a un gran número de inmigrantes de distintas nacionalidades, principalmente de origen hispano. Estas líneas generales nos servirán como telón de fondo para explicar el cuento El manco Rodríguez de Enrique Serna.

El fútbol no es un tema central en la obra cuentística de Enrique Serna, algunas apariciones esporádicas se pueden leer en El matadito o en La vanagloria, pero, donde aparece con un poco más de relieve es en El manco Rodríguez. Este relato nos narra el exilio de un español y su familia en la capital mexicana durante los años 40´s. Eusebio Rodríguez, un empleado de cine, dispone de tiempo libre para pensar en los enfrentamientos armados que provoca la Segunda Guerra Mundial en Europa, dispone de menos para observar lo que sucede en su entorno. Pese a que Eusebio, su esposa y su hija, viven una situación sanitaria y económica deficiente, sus condiciones les permiten llevar una vida común en la Ciudad de México.

En el trajín de sus actividades, podemos apreciar que Eusebio se encuentra acorralado por los sistemas de pensamiento que él ha adoptado, muchos de los cuales motivan a los hombres en Europa a despedazarse en los campos de batalla. El manco, que primero fue anarquista para luego pasar a las filas del marxismo, pero que también cree en los gobiernos republicanos y que asume ciertos presupuestos “naturales” del fascismo que tanto desprecia, vive en constante pugna con las interpretaciones que hace de su propia vida y de los demás. La mente de Eusebio es una trinchera en donde tienen cabida todo tipo de ideologías antagónicas, la experiencia del personaje puede entenderse como una muestra de lo acontecido en el Viejo Continente con los sistemas de pensamiento durante el siglo XX.

Y es que la proliferación de los sistemas de ideas y/o filosofías que florecieron desde el siglo dieciocho fue considerable. La mayor parte de ellos tienen como objetivo principal la interpretación de la vida del ser humano y aunque esta afirmación vale para cualquier conjunto de ideas que pretenda dar un sentido a la totalidad de la experiencia humana; en esta situación, hablamos de múltiples corrientes de pensamiento, surgidas durante la modernidad, que provocaron un caos absoluto en muchos de sus adeptos. El transfuguismo de Eusebio parece razonable a la luz de la gran incertidumbre que ocasionaron los sistemas de pensamiento de aquella época. No sólo conviven en él el anarquismo, el marxismo, el republicanismo y hasta el fascismo; también podemos observar a un español nacionalista con ideas apátridas, a un elemento indómito que defiende la instauración de un orden.

La anécdota del cuento presenta encontronazos a Eusebio, en un café con compatriotas y en un telegrama, que lo dejaran reflexionando sobre el estado en que se encuentra y en la viabilidad de persistir en ese extenuante ejercicio de interpretación con base en las ideas que adquirió en su vida previa al exilio. Finalmente, derrotadas las ideologías en la cabeza del protagonista, se vislumbra un renacer del personaje con mejores posibilidades que las ya vistas; sin embargo, la historia concluye con un camión de pasajeros lleno de aficionados atlantistas que se dirigen a la cancha para ver un partido contra el Club España. Eusebio, que gusta del fútbol y que mira el furor de los seguidores, levanta el brazo sano que tiene y grita “Arriba el Atlante” mientras interpreta que aquella pasión desbordada sólo puede entenderse como el amotinamiento de las razas ancestrales originarias contra el destino, traído al presente por esos desaforados azulgranas que agitan con fuerza las banderas de su equipo[1].

 

 

 

            Escrito por Carlos Ríos

 

 

 



[1] El relato menciona al delantero Isidro Lángara, un artillero español que jugó en la década de los 40’s en el Club España. Es uno de los máximos goleadores de la historia con más de 450 goles en partidos oficiales.